Posted on 6 Mar in Destacado, Revista Palabras | 0 comments

Por Ruth Monroy Psicólogo de INVEDIN

El miedo es una respuesta natural y adaptativa ante estímulos que son considerados como amenazantes. Cuando experimentamos miedo se activan 4 sistemas de respuestas del tipo cognitivas, afectivas, fisiológicasy conductuales. Las respuestas al miedo nos preparan para las situaciones amenazantes o peligrosas, ya sea para enfrentarlas o evitarlas. Cuando estas respuestas se alejan de las valoraciones reales de tales amenazas o peligros, e interfieren en el funcionamiento y actividades del niño o adolescente, entonces probablemente se está en presencia de un trastorno ansioso (Satter y Hoge, 2008).

Los niños experimentan diversos y numerosos miedos durante su crecimiento y desarrollo, los cuales suelen ser transitorios, de intensidad leve y específicos para cada edad, sin embargo, algunos miedos de la infancia podrían permanecer hasta la edad adulta.  Cuando estas experiencias  permanecen en el tiempo, causan malestar clínico significativo, y traen como consecuencias alteraciones o interferencias en las actividades cotidianas tanto familiares, escolares como sociales. Por esta razón, es de suma importancia identificar cuando los síntomas o respuestas ante el miedo se tornan irracionales, poco adaptativos o no se revierten con el tiempo (Satter y Hoge, 2008).

Es muy importante no subestimar el sufrimiento de los niños y las consecuencias negativas generadas por algunos miedos en la infancia (Méndez, Olivares y Bermejo,  2005). El modo cómo los niños experimentan el miedo y en especial los niños más pequeños, no siempre es igual a como lo viven los adultos. Aún cuando experimenten malestar fisiológico y/o psicológico, no siempre comentan sus vivencias, pero se pueden observar e identificar algunos síntomas psicofisiológicos y conductuales que nos permitirán ayudarlos (De la Barra, 2013).

Tanto Padres, maestros, como cuidadores, deben estar atentos ante algunas de las siguientes respuestas psicofisiológicas que acompañan a la ansiedad y que afectan el bienestar físico y psicológico de niños y adolescentes:

  • En primer lugar se evidencia un aumento de la sudoración en la palma de las manos, las cuales se aprecian húmedas o pegajosas.
  • Hay un aumento en los latidos del corazón y pueden experimentarse palpitaciones.
  • Puede observarse variación en la coloración de la piel (enrojecimiento o palidez) debido al cambio en el flujo sanguíneo.
  • También pueden aparecer cambios en la temperatura corporal, en especial en manos y pies (calor o fríos súbitos).
  • Se pueden producir movimientos musculares como temblores y tensión muscular.
  • Aumento de la respiración y también puede expresarse como una sensación de ahogo y que en ocasiones puede ser acompañado de suspiros.

Conductualmente pueden observarse las siguientes respuestas motoras:

  • Respuestas de evitación activa, donde el niño lleva a cabo una acción que evita o impide la aparición de las situaciones que provocan las respuestas ansiosas.
  • Respuestas de evitación pasiva, donde el niño interrumpe el curso de una actividad, logrando de esta manera que el objeto o situación que provoca la respuesta ansiosa no se presente.
  • Respuestas de escape, ocurre un alejamiento de la situación u objeto temido, cuando este se presenta de forma inesperada o por presión social.
  • Respuestas motoras alteradas, son el conjunto de conductas o perturbaciones de conductas motoras verbales (voz temblorosa, bloqueos, repeticiones) y no verbales (temblores, tics, muecas faciales) que se observan cuando la situación obliga a que el niño permanezca ante el objeto o evento temido (Méndez, Olivares y Bermejo,  2005).

Los pensamientos e imágenes que evocan la situación temida constituyen un componente  muy poderoso en la experiencia emocional y se puede manifestar en la ansiedad con:

  • Una percepción distorsionada de los eventos amenazadores, confiriendo rasgos o características exageradas o poco válidas.
  • La evaluación del repertorio de conductas de afrontamiento puede ser negativa, señalando la incapacidad de enfrentar la situación temida (no me atrevo, soy miedoso, no puedo).
  • Puede haber preocupación por las reacciones fisiológicas que acompañan a la experiencia emocional, como marearse, desmayarse o vomitar.
  • Puede haber persistencia de pensamientos de escape o evitación y expectativa de daño, anticipando las posibles consecuencias de la situación temida.

Si usted ha notado alguno de estos cambios en su hijo o en algún niño o adolescente conocido, es recomendable  atender estas señales de alarma, más aún si usted conoce que se haya presentado alguna situación amenazante en la que haya sido partícipe u observador.

La intervención psicológica temprana de estos síntomas, evitará consecuencias negativas a largo plazo y garantizará un mejor desarrollo y bienestar integral en nuestros niños y adolescentes.

 

Referencias:

De la Barra, F. (2013) Trastorno de estrés post traumático en niños y adolescentes. Revista

chilena pediátrica 84 (1): 7-9

Méndez, F. X., Olivares, J. y Bermejo, R. M. (2001). Características clínicas y tratamiento

de los miedos, fobias y ansiedades específicas. En V. E. Caballo y M. A Simón (dirs.) Manual de Psicología clínica infantil y del adolescente: Trastornos generales (pp 59-92). Madrid : Pirámide

Sattler, J. y Hoge, R. ( 2008) Evaluación infantil: Aplicaciones conductuales, sociales y

clínicas. Manual Moderno. Mexico . DF